Os dejo aquí un extracto del libro ''Besame mucho'' del pediatra español Carlos
Gonzalez, donde hace una GRAN reflexión sobre la bofetada o cachete a tiempoa
modo de historioa. Espero que a más de uno nos haga cambiar el chip y que, con
la mano en el corazón, reflexionemos sobre ello, aquí va:
''Jaime se
considera un buen esposo y un padre tolerante, pero hay cosas que le hacen
perder los estribos. Sonia tiene un carácter difícil, nunca obedece y encima es
respondona. Se «olvida» de hacerse la cama, aunque se lo recuerdes veinte veces.
Es caprichosa con la comida; las cosas que no le gustan, ni las prueba. Cuando
le apagas la tele, la vuelve a encender sin siquiera mirarte. Te coge dinero del
monedero, ni siquiera se molesta en pedirlo por favor. Interrumpe constantemente
las conversaciones. Cuando se enfada (lo que ocurre con frecuencia), se pone a
llorar y se va corriendo a su habitación dando un portazo. A veces se encierra
en el cuarto de baño; en esos momentos, ningún razonamiento consigue
tranquilizarla. De hecho, una vez hubo que abrir la puerta del baño a patadas.
Pero lo que realmente saca a Jaime de quicio es que le falte al respeto. Anoche,
por ejemplo, Sonia cogió unos papeles del escritorio para dibujar algo. «Te he
dicho que no cojas los papeles del escritorio sin pedir permiso», le dijo Jaime.
«¿Pero qué te has creído? ¡Yo cojo los papeles que me da la gana!», respondió
Sonia. Jaime le pegó un bofetón, gritando: «¡No me hables así. Pide perdón ahora
mismo!»; pero Sonia, lejos de reconocer su falta, le plantó cara con todo
desparpajo: «¡Pide perdón tú!» Jaime le volvió a dar un bofetón, y entonces ella
le gritó: «¡Capullo!» y salió corriendo. Jaime tuvo que hacer un verdadero
esfuerzo para contenerse y no seguirla. En estos casos es mejor calmarse y
contar lentamente hasta diez. Por supuesto, Sonia estará castigada en casa todo
el fin de semana. Hasta aquí la historia.
Supongamos ahora que Sonia tiene
siete años y Jaime es su padre. Y usted, ¿qué opina? ¿No es éste uno de esos
casos en que a cualquiera «se le iría la mano»? ¿No sirvió esta bofetada para
descargar la atmósfera, como tan bien decía el Dr. Spock? ¿Qué pueden hacer en
un caso así esos fanáticos que prohibieron por ley las bofetadas? ¿Van a
denunciar a este padre ante los tribunales por pegar un bofetón a una niña que,
por cierto, se lo tenía bien merecido? ¿No es mejor dejar que estos problemas se
resuelvan en el ámbito familiar sin intervenciones externas? Tal vez incluso
esté usted pensando que una niña nunca habría llegado a ser tan desobediente y
respondona si le hubieran dado una buena bofetada hace tiempo. Esta situación
parece típica de niños malcriados por padres permisivos que no saben establecer
límites claros, que no imponen la necesaria disciplina: lo que hoy está
permitido, mañana provoca una respuesta desmesurada, con el resultado de que el
niño está confuso y es desgraciado.
¿Y si yo le dijera, amable lector, que
Sonia tiene en realidad diecisiete años y que Jaime es su padre? ¿Cambia eso
algo? Repase la historia a la luz de este nuevo dato. ¿Le parece tal vez que es
demasiado grande para pegarle, para apagarle la tele o para hacerle pedir
permiso antes de coger una simple hoja de papel? ¿Le parece adecuado que un
padre abra a patadas la puerta del baño donde está su hija de diecisiete años?
¿Empieza tal vez a sospechar que se trata de un padre obsesivo, tiránico y
violento, y que la respuesta de su hija es lógica y comprensible? Y si es así,
¿por qué esta diferencia? Reflexione unos momentos sobre los criterios que ha
usado para juzgar a este padre y a esta hija. ¿Están los niños pequeños más
obligados que los adolescentes a respetar las cosas de los mayores, a recordar y
cumplir las órdenes, a obedecer sonrientes y sin rechistar, a hablar con
amabilidad y respeto aunque por dentro estén enfadados, a mantener la calma y no
llorar ni dar escenas? ¿Son más perjudiciales los gritos y los golpes para el
adolescente que para el niño pequeño? No son ésos los criterios que sigue la
Justicia con los menores de edad. Antes bien, cuanto más pequeño es el niño,
menos responsable le consideran los jueces y menor es el castigo (si es que
existe algún castigo). ¿Quién tiene razón: el Estado «intervencionista», que no
considera al niño responsable de sus actos, o el padre «justo y sabio», que
corrige a su retoño cuando aún está tierno? Quizá, en vez de asistentes
sociales, educadores, tribunales de menores y reformatorios, sería mejor abrir
cárceles de máxima seguridad y restablecer la tortura para los delincuentes
juveniles.
Pero todavía queda una posibilidad aún más inquietante. ¿Y si yo
le digo ahora que Sonia tiene veintisiete años y que Jaime es su marido? (No, no
estoy haciendo trampa. Vuelva a leer la historia: en ningún momento había
escrito que Sonia fuera la hija. ) ¿Le parece normal que un marido le apague la
tele a su esposa «porque ya ha visto suficiente», que le ordene hacerse la cama,
que la obligue a comérselo todo, que le prohiba coger un papel o que le pegue un
bofetón? ¿Sigue pensando que Jaime es un buen marido, pero que el carácter
difícil de Sonia le hace perder a veces los estribos? ¿Acaso no es un derecho y
un deber de cualquier marido corregir a su esposa y moldear su carácter,
recurriendo si es preciso al castigo («quien bien te quiere, te hará llorar»)?
¿Acaso no juró ella, ante Dios y ante los hombres, respetar y obedecer a su
marido? ¿Ha de intervenir el Estado en un asunto estrictamente privado?
¿Por
qué al leer por vez primera la historia de Jaime y Sonia pensó usted que Sonia
era una niña? Pues precisamente porque Jaime le gritaba y le pegaba.
Inconscientemente, usted ha pensado: «Si la trata así, debe de ser su hija. » No
se nos ocurre que se pueda tratar así a un adulto, lo mismo que al leer las
palabras «ataque racista» en un titular, no se nos ocurre pensar que las
víctimas puedan ser suecas. La violencia nos parece más aceptable cuando la
víctima es un niño; cuanto más pequeño, mejor. “
He estudiado Ed.Primaria y Ed.infantil y soy maestra. Estoy totalmente en contra de los métodos conductistas y en los métodos para ''adiestrar'' niños.
Creo en la importancia de un entorno feliz y estable para que los niños también lo sean, en la educación con respeto, firmeza, empatía, amor, cariño, grandes dosis de paciencia y mucha mucha imaginación.
''Le puedo echar la culpa al ministerio, le puedo echar la culpa al régimen, pero en el aula YO hago la gran REVOLUCIÓN.''
Creo en la importancia de un entorno feliz y estable para que los niños también lo sean, en la educación con respeto, firmeza, empatía, amor, cariño, grandes dosis de paciencia y mucha mucha imaginación.
''Le puedo echar la culpa al ministerio, le puedo echar la culpa al régimen, pero en el aula YO hago la gran REVOLUCIÓN.''
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario