LAS NIÑAS YA NO QUIEREN SER PRINCESAS
Por
Nuria Otero Tomera
Podríamos hablar también
de La Habana, de Nueva York, de Buenos Aires o de La Coruña. Los jóvenes han
perdido sus valores, sentenciamos tanto los profesionales como la portera, sin
saber muy bien a qué hacemos referencia con dicha expresión, ni tampoco si será
cierta. A la vez, sin definir exactamente qué entendemos por valores, aducimos
que el problema fundamental es la falta de límites, que hemos creado una
generación que ha obtenido todo lo que ha querido sin conocer ni una sola
frustración, sin haber aprendido lo que es el respeto y sin haber recibido un
“no” a tiempo.Discrepamos profundamente. Frente a todo lo que los maestros,
pedagogos, pediatras y vecindario en general creen y promulgan, opinamos que la
actual generación de jóvenes es quizás la más frustrada de la historia,
emocionalmente hablando. Estos adolescentes de los que hablamos han recibido
muchos juguetes por Reyes y comuniones, han ido a más clases particulares, de
refuerzo y extraescolares que ninguna de las precedentes, han comido bollos,
golosinas, pizzas y hamburguesas jamás soñadas por sus padres y mucho menos por
sus abuelos. Pero han sido víctimas de una metodología absolutamente conductista
que ha olvidado los efectos a largo plazo en aras de los resultados
inmediatamente mensurables. Son aquellos a los que “hemos enseñado” a tolerar la
frustración, son los que lloraron incansables porque les dejábamos en la
guardería, son los que “aprendieron” a compartir porque los adultos lo decían,
aunque no lo hacían, son los que tuvieron voz en las reuniones familiares, pero
carecieron de voto, son los que tuvieron música y libros y juguetes educativos
pero nadie que jugara con ellos, son los de la “tele”, la “play” y el “móvil”,
trastos que aprendieron a usar por sí mismos y que nadie se preocupó en
compartir o enseñar o explicar, son los de las “asignaturas transversales” que
todos, hasta los profesores, consideran “marías”; en fin, son los que
recibieron, al nacer, un maravilloso libro de instrucciones sobre cómo
comportarse, pero los que menos han visto a sus padres y a sus abuelos, los que
menos han jugado a la pelota en la calle, los que no han dormido con la abuela,
ni con los hermanos, los que tuvieron lactancia pautada cada tres horas para que
no se “malcriaran”, los que comieron verduras cada jueves porque tocaba (aunque
mamá comiese macarrones porque el brócoli no le gusta), los que se durmieron
llorando sin consuelo porque nacieron tomándonos el pelo, los que fueron a la
escuela a edad más temprana, y a la guardería para socializarse. Eso es lo que
ocurre, que nuestros hijos están mal criados, no malcriados.
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